Would you love me for my head

Noviembre 1, 2008

I’ve been a long time that I’m waiting
Been a long time that I’m blown
I’ve been a long time that I’ve wandered
Through the people I have known

El sentimiento nuevo

Octubre 14, 2008

The video is crap. But then again, love is crap.

Este blog también es en playback

La Edad del Hielo

Enero 20, 2008

1

ice age coming
ice age coming
throw me in the fire
throw me in the fire

Thomas E. Yorke

Era el otoño, y caminaba entre los puestos con aire distraído. Los árboles casi completamente pelados, las casetas grises, las manchas de libros y la poca gente que andaba por allí como él. Mediodía de domingo; de cuando en cuando se detenía en alguna caseta y hojeaba algún libro, sin interés, para justificar su presencia y el paseo. Un ejemplar del Año Christiano de 1789, para el mes de febrero, contiene la explicación del Misterio o la vida del Santo correspondiente a cada día, fielmente traducido del francés al castellano, corregido por don Enrique de la Cruz Herrera, Ex-Profesor de Filosofía y Sagrada Teología en la Universidad de Oviedo, muy deteriorado. Tantos días de indulgencia a quien leyere o escuchare leer una página de este libro. Una idea curiosa; tantos días de indulgencia a quien leyere este libro, tantos días de desazón, o de martirio, o de mala leche, a quien leyere ese otro. Años antes había visto por primera vez, en los anaqueles de una boisserie en una tienda de muebles, un libro como aquél; otro Año Christiano con su promesa de tregua divina -cien, doscientos días- para quien leyere o escuchare leer alguna de sus páginas. De aquella tienda, donde entonces trabajaba, se llevó además un tomito sobre la ley inglesa de vacunación, de 1875, por la mera fascinación del victorianismo; y también varios volúmenes de una enciclopedia escolar italiana de los años treinta, en la que la lámina de fauna africana incluía un pigmeo, un beréber y un etíope.

Supuso que los días de indulgencia que se hubiera ganado entonces habrían pasado ya, así que, en vista de que el precio era más que razonable, se decidió a comprar el libro, que estaba muy viejo y comido de polillas, con las últimas páginas manchadas de la humedad y hechas un amasijo. Ni santos ni Misterio los días finales de febrero, pero aún quedaba para eso. El librero lo miró sin prisa; él se rebuscó en los bolsillos, encontró la cartera y le alargó un billete. Mientras esperaba la vuelta, se fijó, sin saber muy bien por qué, en un librito de tapas blancas que reposaba en una mesa cercana. Lo cogió y lo examinó; no era muy grueso ni, al parecer, muy viejo. Como no encontraba nombre de autor, ni de editorial, ni nada que se le pareciera, preguntó. Tampoco el librero sabía; y entre gestos y muecas le dijo, cosa rara, que no recordaba con seguridad haber visto el libro antes. Lo cogió a su vez, y no encontró, aparte del texto mismo, otra cosa que el título y, en la primera página, una anotación a lápiz: el precio. Los dos se quedaron dudando y el librero se encogió de hombros como fórmula definitiva.
-Bueno, pues me lo llevo también.
Recibió la bolsa con los dos volúmenes y salió de la sombra de la caseta a la luz. Entonces, mientras caminaba atolondradamente en una dirección cualquiera por la calle empinada, cegado por el resplandor del sol, sacó de la bolsa el último que había comprado, el extraño libro anónimo cuyo título era La edad del hielo.

2

Cuando soñamos con ladrones y sentimos miedo,
los ladrones son imaginarios, pero el miedo es real.

Stricker

Cuando llegó a casa, se preparó una tetera bien cargada y examinó de nuevo los libros que acababa de comprar. El misterioso tomito, La edad del hielo, parecía ser una novela. Se cercioró de que no había nombre de autor, ni de editorial, ni fecha ni lugar de publicación. Lo abrió por el final, según era su costumbre, y leyó la última línea: …un amor sereno e inmaculado por la esperanza. Luego, con los primeros efectos del té, empezó a leer en el orden normal mientras daba vueltas por las habitaciones vacías. Hacía poco aún que Sofía se había marchado, y los huecos que habían dejado sus muebles y sus cosas hacían su partida más patente, ya que no más dolorosa. Eran un recordatorio vacío de emociones, como señales de tráfico.

Siguió leyendo y bebiendo tazas de té el resto de la tarde, y tan sólo interrumpió la lectura, cuando ya casi anochecía, para comer apresuradamente un bocadillo. No podía decir que la novela fuese apasionante, pero le suscitaba un interés completamente ajeno a la literatura y difícil de explicar, como si leyese un manual o un mapa. Se desarrollaba en Madrid y tenía un personaje principal o, mejor, único: un profesor de filosofía obsesivo y enfermizo, dedicado a una delirante exégesis del Tractatus logico-philosophicus de Wittgenstein y a elaborar no menos delirantes teorías sobre una inminente glaciación. Apenas sucedía nada en ella; estaba escrita en primera persona y construida casi exclusivamente con los sentimientos y las reflexiones y las monomanías de este individuo.

Darío -éste era el nombre del personaje- vivía solo en una casa de grandes habitaciones vacías y blancas. Su padre, del que apenas se sugería una probable ocupación intelectual, se había suicidado siendo él niño; su madre, que pretendía descender de una rama colateral de los Romanov, pasaba sus últimos años en una casa de campo, entregada a la escritura de poesía y de cuentos infantiles. Él había quedado cojo debido a un atropello, episodio que no se aclaraba suficientemente en el libro, aunque sí se dejaba traslucir el sentimiento de vergüenza y casi repugnancia que le producía su propio cuerpo tullido y propenso a la enfermedad. A pesar de presentarse como profesor de filosofía al comienzo mismo de la novela, no aparecía en ella relación alguna con el mundo académico, aparte de su devoto estudio del Tractatus. Y más que como obra de índole filosófica o especulativa, lo interpretaba como un compendio de saberes herméticos, casi un Necronomicón cuyos versículos cifraban toda la ciencia del mundo. Aparte de esto, la única ocupación de Darío era, cosa extraña, caminar. Cuando caía la tarde, salía de su casa vampírico, baldado, y daba largos paseos apoyado tragicómicamente en un bastón. Deambulaba por el centro de la ciudad, descansando de cuando en cuando en algún banco, y acababa el paseo en la plaza de España, frente a una heladería donde una mujer de rostro anguloso, bellísimo, comía helado con la expresión ausente de un maniquí. Él la miraba durante un rato y luego, cuando intuía que ella iba a marcharse, se levantaba y cojeaba otra vez hasta su casa. Esta peregrinación se repetía, un día tras otro, durante toda la novela, hasta que Darío entraba por fin en la heladería. “Yo venía siempre porque sabía que habría alguien afuera mirándome”, le decía la mujer poco antes del final, que no se atrevió a leer.

Por la noche tuvo el siguiente sueño: iba andando por una larga calle irreconocible, a la vera de un parque de árboles desnudos, y al pasar frente a una ventana veía a una mujer de hermosísimo rostro anguloso y largo cabello negro, que comía helado de limón con la expresión ausente de un maniquí y no lo miraba.
No lo recordó hasta después del desayuno, mientras trabajaba en la traducción que le ocupaba por entonces. Pensó que, evidentemente, se trataba de la mujer de la novela. Pero había algo que le inquietaba; era uno de esos sueños pegajosos, cuya influencia se sigue percibiendo, después del despertar, más allá del recuerdo consciente. Por fin, creyó descubrir qué era lo que le turbaba: en el sueño había motivos que eran ajenos a él y que desconocía. No sabía con qué fin caminaba por aquella calle extraña, ni por qué se detenía, sin motivo aparente, ante la ventana de la heladería, sólo para contemplar a una mujer extraña que no lo miraba. De algún modo, le pareció que el sueño no era enteramente suyo, y recordó algunos cuentos de Borges y de Bioy con un humor teñido de sospecha, como el niño que, fanfarroneando, le grita a los monstruos que imagina en su alcoba.

Esa tarde la dedicó a desempaquetar sus libros que aún permanecían guardados en cajas en un rincón de la sala. Después de la mudanza, no había podido colocarlos durante las pocas semanas que convivió con Sofía, una época que había pasado por él sin dejar huellas, como un vacío en el registro arqueológico. Ahora, despejada la casa de adornos y casi también de muebles, tenía espacio para ellos, aunque debía comprar unos estantes o una librería. Por el momento, fue sacándolos de sus cajas y ordenándolos en una hilera pegada a la pared. Cuando toda la sala estuvo así bordeada por la fila, le sedujo la idea de dejar los libros en el suelo indefinidamente.

Durante el proceso había encontrado -entre otros hallazgos imprevistos, como el primer Año Christiano y la enciclopedia italiana- el ejemplar bilingüe del Tractatus que tenía guardado y olvidado desde los tiempos de estudiante. Le hizo gracia venir a toparse con este libro que no había recordado en años, al que sólo las constantes menciones en La edad del hielo habían devuelto a la memoria, preparando o anticipando su verdadero regreso. No lo colocó en la larga hilera, sino que lo apartó para echarle un vistazo cuando acabase la tarea. Más tarde, en la cama, lo hojeó distraídamente, confiando en que el sueño le interrumpiría en poco tiempo. Pasaba las páginas mecánicamente, deteniéndose sólo en alguna frase reconocida o en alguna intempestiva mayúscula alemana. A punto de cerrar los ojos, algo le llamó la atención: bajo la proposición 3.02 -”El pensamiento contiene la posibilidad del estado de cosas que piensa. Lo que es pensable es también posible.”- había un subrayado y unas anotaciones, escritas a lápiz con una caligrafía apretada y prácticamente ilegible. Aquellos garabatos no podían ser suyos, pues no sólo no reconocía la letra, sino que tenía y había tenido siempre una aversión casi religiosa a subrayar o apuntar en los libros. Y no recordaba haberle prestado el volumen a nadie, aunque así debía de haber sido; porque, mirando en las páginas siguientes, descubrió que casi todas aparecían cubiertas de las antipáticas anotaciones.
Por la mañana, después de una noche intranquila, llamó por teléfono a Sofía y le preguntó si ella había cogido el Tractatus para algo.
-No -le respondió ella-, ni siquiera sabía que lo tuvieras.
Concluyó que debía de ser un desliz de su casi siempre excelente memoria y escondió el molesto libro en la hilera, como si lo devolviera al olvido.

Pasó la semana trabajando en la traducción: un tratado más bien abstruso sobre el Akitu, el festival babilonio del Año Nuevo, durante el cual el rey subía a la estancia de la diosa, en lo alto del Etemenanki, la alta torre escalonada, y restauraba el orden del mundo. Casi todo el libro estaba escrito con hermético despego. Pero, extrañamente, su autor, un recóndito profesor del Este que escribía en francés, daba en ocasiones la sensación de juzgar perfectamente verosímil que el matrimonio sagrado evitase la destrucción del cosmos, tal como la sangre humana derramada por los mexicas había retrasado el fin del mundo.

Por las tardes, y también en las frecuentes pausas que hacía para despejarse, continuaba su tarea de reorganizar la casa: un afán racionalizador que resultaba quizás algo tétrico, como si cambiase las sábanas después de pasar la noche con Sofía. Compró láminas nuevas para decorar las paredes y tapar los huecos; cambió de sitio sin cesar los pocos muebles que quedaban; y otras veces pensó incluso en mudarse. Un día, mientras inspeccionaba unas carpetas llenas de recortes viejos, cayó al suelo una cartulina rectangular de color sepia y bordes dentados. Cuando la recogió y le dio la vuelta resultó ser una apagada fotografía en blanco y negro. Mostraba a un hombre joven, vestido elegantemente a la moda de hace cincuenta o sesenta años, con la gabardina cuidadosamente recogida en el brazo. Estaba acodado en una barandilla, quizás en la cubierta de un barco, y tenía una cara alargada y de rasgos duros, perfectamente afeitada, y un cuerpo flaco, delicado, casi femenino. Fue la única fotografía que encontró en aquellas carpetas -no solía conservar este tipo de recuerdos, que le parecían por lo general impostados y carentes de vida-, y mirarla le producía una nostalgia incierta, que difícilmente podía justificar.

Durante este tiempo sintió a menudo la tentación de leer el final de La edad del hielo, pero no se decidió a hacerlo. El libro permanecía en su mesita de noche, cerrado, inacabado, inexorable. No podía explicarse bien esta aprensión absurda; apenas era un capítulo, además. Una noche, por fin, quiso imponer su voluntad; pero el sueño le venció a los pocos minutos. Marcó la página con la vieja fotografía, que llevaba varios días encima de la mesilla, y apagó la luz.
A la mañana siguiente, al levantarse de la cama, sintió un dolor agudísimo en la pierna izquierda y cayó al suelo. Desde allí contempló con incredulidad el libro que reposaba sobre la mesita. Le atravesaba una profunda sensación de asco hacia su pierna, no tanto por el dolor cuanto porque parecía ser completamente ajena a él y no pertenecerle. La parálisis remitió después de unas horas, pero reapareció con cierta regularidad en los días que siguieron, que fueron los últimos del otoño.

3

I’m not here,
this isn’t happening

Thomas E. Yorke

Por esta época empezó a sufrir también fuertes dolores en el pecho, con frecuentes ataques de tos, y jaquecas; y un frío atroz que no podía combatirse de ninguna manera. Cayó en un estupor que le impedía incluso trabajar, y se pasaba los días escuchando o sólo dejando sonar una y otra vez el mismo disco: una vieja grabación en vinilo de Potato head blues que había pertenecido a Sofía, y que quedó en la casa como un pedazo de madera que el mar arrojara a la playa tras un naufragio. No volvió a intentar leer el último capítulo de La edad del hielo. Tampoco pensó siquiera en acudir al médico: no tenía costumbre; y, además, cualquier diagnóstico le hubiera parecido igualmente terrible.

Después de unos días de total abatimiento le invadió un ánimo que tenía más de desesperación que de alivio, y trató de volver a trabajar y de buscar en la traducción un refugio o un armazón para sus pensamientos. Incluso empezó a documentarse por sí mismo acerca de la hierogamia. Le fascinaba este rito en el que la identidad de los participantes se difuminaba y se anulaba el deseo mismo para otorgar al propio acto todo el significado simbólico. El deseo, pensó, y la esperanza de satisfacerlo vacían nuestras acciones de sentido en lugar de concedérselo; desplazan el significado de la acción al propio deseo. También pensó que el amor auténtico debiera ser así: un acto puramente casual y ajeno a sus celebrantes.

También para olvidar los dolores y combatir la melancolía, se dedicó a dar paseos que se fueron haciendo tanto más cortos y penosos cuanto sus males, lejos de disiparse, más le ganaban. Arrastrando la pierna –pues adquirir un bastón o unas muletas hubiera supuesto aceptar la realidad de su cojera- recorría las callejuelas del centro; y se sentaba de trecho en trecho a descansar en alguna plaza. Solía pasar frente a una tienda de instrumentos musicales, y a veces se demoraba unos minutos delante del escaparate y miraba ensimismado las guitarras, los violines, los metales, las partituras clavadas a las paredes como mariposas de una colección, y el negro piano vertical que se entreveía al fondo de la tienda y que parecía ejercer una fascinación especial sobre él.

Una tarde, una llamada casual de Sofía y el tono compungido con el que la contestó determinaron una visita. Ella lo encontró envuelto en una manta, lo que provocó una risa breve, sustituida pronto por la preocupación. Él estaba pálido y tembloroso, y en su voz había, inopinadamente, un timbre de lamento, aunque trataba por todos los medios de quitarle importancia a su enfermedad. Ni siquiera pronunció esta palabra que, de hecho, tal vez no fuese la más apropiada.

Permanecieron unos minutos sentados en silencio uno frente a otro. Entonces Sofía se levantó y empezó a recorrer la hilera de libros que rodeaba la habitación, divertida ante la ocurrencia; de vez en cuando sacaba uno y lo hojeaba sin interés, como cumpliendo con un ceremonial que ha perdido su significado hace ya mucho. Él miraba su figura delgada y blanca y entendía que ya no había relación alguna entre ellos, entre sus pensamientos y emociones; la misma cortesía que implicaba la visita no dejaba lugar al engaño. Apenas recordaba ya su cara, aunque reconociera aún los ademanes de sus dedos largos y lentos. Renunció a contarle las sospechas que le atravesaban en aquellos momentos: no podía pretender que ella comprendiera lo que le sucedía cuando él mismo no se atrevía a formular una explicación.
-¿Qué fue de aquella novela que andabas preparando? -le preguntó Sofía inesperadamente.
-Ah, aquello. Lo abandoné.
Al llegar al final de la hilera, Sofía cogió el último libro, La edad del hielo, y lo abrió por una página al azar. De ella cayó la vieja fotografía de bordes dentados. Sofía la recogió y la estuvo contemplando unos instantes.
-¿Quién es? -preguntó.
-Mi padre -mintió él.

Poco después de esta visita, en el curso de uno de sus paseos -que sólo emprendía ya después del anochecer, como si tratase de ocultarse-, se paró, como era su costumbre, ante la tienda de instrumentos musicales; pero esta vez no se limitó a contemplar sino que, movido por un ánimo desconocido y poderoso, entró y caminó hacia el fondo, hacia el piano que le causaba tan extraña y repentina atracción. Pasó entre los otros instrumentos expuestos sin mirarlos ya, sin mirar tampoco al dependiente que le había saludado y esperaba su respuesta. Avanzó en silencio, llegó al piano y, para sobresalto del dependiente y de sí mismo, levantó la tapa del teclado. Tocó entonces un acorde, un sólo acorde, que, supo, era el inicio de una vieja melodía, The touch of your lips; y en ese mero acorde descubrió o recordó la capacidad de tocar el piano, sorprendente y terrible porque jamás había tomado clases de piano y jamás había sabido de ella. Asustado por el abismo de conocimientos impensados que se había abierto ante él, no quiso continuar la melodía; se dio la vuelta y salió de la tienda sin pronunciar una palabra.

Vino tras este episodio, como si adivinase relaciones que no quería acabar de definir, un frenético buscar por librerías y bibliotecas, por todos los medios de que dispuso o se le ocurrieron. Nada sacó en claro: no parecía existir más ejemplar de La edad del hielo que el que tenía en su poder. Volvió también a la caseta donde lo había comprado de forma tan casual y extraña, sólo para obtener las mismas evasivas por parte del librero.

Por Nochebuena recibió una carta. Su madre, desde su retiro en el campo, le enviaba algunos poemas y se interesaba por su salud. Tenía una letra estilizada, elegantísima; y mientras leía la carta se sentía inundado de cariño hacia ella.

Tal vez fuese esto lo que le decidió, esta pauta ordenada dentro de un aparente desorden, de una aparente locura. Tal vez, intuyó más que comprendió, la única consecuencia lógica de todos estos hechos ilógicos fuera leer de una vez por todas el final de La edad del hielo, y así lo hizo en la tarde del 27 de diciembre. Cuando acabó, preso de una agitación en la que su sentido mismo de la realidad se tambaleaba, llevó el libro a la bañera, lo roció con un chorreón de alcohol y le prendió fuego. Contempló arrobado cómo ardía, cómo se ennegrecían y arrugaban las páginas, cómo volaban las diminutas partículas de hollín. Luego, una vez el fuego se hubo apagado por completo, se vistió y salió precipitadamente. Con la determinación que le daba esa misma lógica desquiciada y del todo ajena al sentido común, caminó por una ciudad nocturna, fantasmagórica, helada. Anduvo por las calles con alucinada meticulosidad, como si le correspondiera el ir creándolas a medida que las recorría, y llegó a la plaza: los edificios y la alta torre escalonada, baluartes de la España eterna e insufrible; los cines, las callejas y los espacios que se vierten hacia el Campo del Moro y el río; los anuncios luminosos, las paradas de los autobuses, los relojes-termómetro, las caras de los modelos en los cartelones, los cigarrillos que se fuman y las botellas de whisky que se beben; y sus gestos de mármol, sus sonrisas petrificadas sin mancha de soledad o de miedo. Pasó entre la gente mirando hacia arriba para ver las construcciones iluminadas e irreales, contemplando con emoción infantil, como en un sueño, los escaparates de las tiendas y las luces de los automóviles y las hileras de bombillas que atravesaban las calles de parte a parte, un mundo por completo extraño. Finalmente, se detuvo ante una heladería. Dentro vio a una mujer de bellísimo rostro anguloso y larga melena negra, que comía helado con la expresión ausente de un maniquí. Permaneció de pie frente a ella durante unos minutos, contemplándola; luego, entró.

4

nothing will hold, nothing will fit
into the cold, no smile on your lips
living in the ice age

Ian Curtis

He estado mirando por la ventana. Hace cada vez más frío. Ella sigue en la habitación, ajena a mis preocupaciones. Creo que incluso yo voy estando menos interesado en ellas. Seguramente, los dos hemos aceptado la necesidad de lo sucedido: un acontecimiento que era necesario para mantener el orden del mundo, o para restaurarlo. Es cierto que por momentos he sentido miedo y asco ante la posibilidad de estar abrazando a un fantasma, y puede que también ella lo haya sentido. No he querido preguntar, no he querido saber, por qué caminos ha llegado a esa heladería en la plaza de España; apenas sé que se llama María.

Parece que se avecina otra era glacial. He estado pensando en las palabras de Darío, ya no sé si leídas o escuchadas: “Sólo es cuestión de tiempo que la Tierra se hiele y que a nuestras naciones las sepulten los siglos y el olvido, como a los sumerios o los atlantes. Quizás pervivamos en la forma de oscuros mitos, o quizás ni eso quede de nuestra historia y de nuestros afanes. Esta idea me obsesiona, y creo estar condenado a una doble muerte: a la mía y a la de todo el mundo que he conocido. No habrá amor ni memoria que me sobrevivan mucho tiempo.” Por lo visto, extrajo su teoría de la obra de un tal Charles Hapgood, aunque es posible que se trate de un personaje de su invención.

El último capítulo del libro contenía unas breves consideraciones finales, tan insuficientes y crípticas que sólo me provocan más incertidumbres. Decía que ellos dos nunca podrían amarse; que él nunca podría abandonarse a una situación pensada antes de existir y, por lo tanto, contaminada por la esperanza; a un amor aplastado aun antes de nacer por el peso de los deseos, sujeto al ciclo inevitable y condenado a morir en virtud de su propia existencia. El simple hecho de conocerla -ni siquiera había llegado a saber su nombre- ya le parecía de una violencia intolerable. Pero también intuía, como yo sé, que sólo hay una manera de enderezar el torcido rumbo del mundo, y por eso escribió el libro: un mensaje en una botella lanzada a un océano de botellas. Cómo llegó ese libro, del que sólo parece existir un ejemplar, al puesto donde yo lo compré, sigue siendo un misterio. Tampoco sé si desde el principio me estuvo destinado a mí el encontrarlo o todo fue un puro azar; y si así fue, si no constituiría el azar el motor mismo del proceso y su justificación; o, dicho de otra manera, si ambas posibilidades no son una y la misma. Por otra parte, se me ocurre una razón para que el libro llegase precisamente a mis manos, que a la vez explicaría las intrusiones de su realidad en la mía -acabo de buscar la carta por toda la casa, sin resultado-, y es aterradora. Pensándolo bien, queda otro enigma, fascinante en su trivialidad: cómo pude saber en mi sueño que ella prefiere el helado de limón, un detalle que no se mencionaba en el libro y en el que, al parecer, él no había reparado.

Así que he vuelto a su lado sólo para contemplarla, para comprobar que no ha desaparecido, para ver cómo duerme sin preocuparse de nuestra realidad ni de la edad del hielo que se acerca.
Mientras la miraba se me ha ocurrido que la belleza no existía antes del hombre y, que, por tanto, tiene un origen, una fecha de nacimiento. He imaginado un mundo inmensamente bello y salvaje que, sin embargo, era anterior a la idea misma de belleza, y luego he pensado en el tiempo oscuro que se avecina, cuando acaso ésta haya desaparecido, y he sentido un vértigo de siglos. He permanecido en la habitación sombría, dedicado morosamente a la contemplación de un cuerpo que cada vez me parece menos temible, y he pensado que la tolerancia con la que al fin lo veo sólo puede provenir de una aceptación, de un amor sereno e inmaculado por la esperanza.

diciembre 2000 – enero 2002

Damnatio memoriae

Diciembre 2, 2007

…y arrastrar tu recuerdo al Tíber con un garfio.

No pensar

Octubre 1, 2007

Pensar en la impermanencia.

Y luego

levantarse a beber una taza de té

sorprenderse por algo

visitar al urólogo

refugiarse en las cosas siempre cotidianas

en la vaga materia de que se hacen los días

en lo tedioso, lo precario, lo incierto.

Mas no pensar.

No pensar en la impermanencia

en los siglos infinitos de oscuridad y vacío

en la helada intuición incompleta de la muerte

en el destino cierto que aguarda a mi conciencia

en la fragilidad de mi latido

sino en Marx, en el fútbol, en Greta Garbo, en imperios

en las cosas todas que no son permanentes

y me atan al mundo, en las categorías

fabuladas por otros que hace tanto se fueron

quién sabe si por más no pensar. No más.

No en la impermanencia.

No en la fragilidad.

Sino en todas las cosas que son impermanentes

y me atan al mundo en el mundo

y en el cuerpo querido que apenas se recuerda,

que también se desliza sin pausa hacia la nada.

Actio Distans

Agosto 4, 2007

No es extraño que un hombre se detenga a mirar un cuadro. Podemos imaginarlo pasando ante una galería -ya de mañana, después de una noche de borrachera-, y llamando sin decisión al timbre por matar el rato o por travesura. Este hombre tendrá más de treinta años, los ojos entrecerrados para evitar el molesto resplandor de un día de sol, los primeros botones de la camisa desabrochados y arrugas en la chaqueta y los pantalones. Saludará a la jovencita que le ha abierto la puerta, que es la única persona que hay en la sala aparte de él mismo, se rascará la barba saliente mientras pasea la mirada en derredor y se dirigirá hacia el primer cuadro expuesto, estimando que debe empezar el recorrido por la pared izquierda y, de ésta, por el extremo más cercano a la puerta y a la mesa de la jovencita que se la ha abierto. Fingirá interés cuando en realidad apenas es capaz de enfocar la vista sobre la obra (un abyecto collage de tarjetas telefónicas); dudará si encender un cigarrillo y acabará decidiéndose a hacerlo por el acaso trivial detalle de que el suelo de la galería es de adoquines grises. Y nada de esto es extraño aunque quizás tampoco suceda todos los días.

Imaginemos, sin embargo, que el siguiente cuadro que observa, que ya no es un collage sino una pintura al óleo, le llama verdaderamente la atención y le inquieta por algún motivo que él, en principio, no es capaz de identificar. El cuadro representa a tres figuras, una mujer y dos hombres, contra un fondo difuso y turbulento, de pincelada y colores que, quizás, recuerdan a Kokoschka. La mujer y uno de los hombres se abrazan sobre un diván, o lo que parece un diván aunque no se aprecie discontinuidad con el suelo; el otro hombre los mira inclinado sobre ellos; tras las figuras, a la derecha, se adivina una puerta. El hombre que está fuera del cuadro y lo observa se ha olvidado de su cigarrillo, y la ceniza se le cae sobre los grises adoquines. No alcanza a comprender por qué este cuadro en particular le inquieta, o qué es lo que le inquieta en particular de este cuadro, cuando el collage de las tarjetas debería resultarle, en realidad, mucho más inquietante. Puede que sea ese aire mal disimulado a Kokoschka, a quien secretamente detesta; o el contraste entre la asombrosa indefinición de las figuras de los dos hombres -como si el pintor hubiera evitado deliberadamente retratar a personas reales o siquiera posibles- y la nitidez de los rasgos de la mujer. O puede, y esto sí sería verdaderamente extraño, que reconozca en la escena pintada un episodio de su propio pasado. En el abrazo, en la mirada, en el rostro de la mujer, en la puerta que señala una salida… Busca en la pared el rótulo del cuadro, como si en él fuese a hallar una explicación positiva, y lee con sobresalto: “B… Carney Peralta. Autorretrato tres”. Los apellidos no concuerdan, piensa, como si recordase a la vez este detalle y que tal inexactitud puede no significar nada ante la luminosa coincidencia del nombre.
Ahora la escena está clara, y sabe ya por qué le resultaba tan extrañamente familiar, por qué le causaba esa sensación; y no duda ya de que es una parte de su vida la que la pintora -porque de una pintora se trata- ha representado al representarse a sí misma. Pero sigue la inquietud, porque el hombre que está fuera del cuadro y lo observa se ve representado en él, pero no sabe en cuál de las dos figuras, en cuál de los dos hombres: el que abraza o el que, de pie, mira. Con disimulo, deja caer una colilla, que es apenas el filtro del cigarrillo, sobre los adoquines del suelo.

El hombre recorre, ha recorrido ya, sin prestar atención a nada de lo expuesto, el resto de las paredes en un ortogonal recorrido que lo lleva de nuevo frente a la jovencita, muy entretenida coloreando alternativamente con un bolígrafo los cuadraditos de una hoja de cuaderno. Mientras ella colorea, su vestido negro parece extraordinariamente triste al sol que entra por los ventanales.
-¿Se va ya? -pregunta, de repente, al alzar la mirada y ver al hombre en pie frente a su mesa.
-Sí -dice, él-. Por cierto, me interesa mucho ese cuadro. ¿Tendría algo de información sobre la autora?
La jovencita se vuelve para seguir el dedo del hombre, que apunta al óleo de las tres figuras.
-Sí, cómo no. Tengo un folleto… -y rebusca entre unos papeles y cartulinas que estaban ocultos debajo del cuaderno cuadriculado-, creo que lo ha preparado ella misma. Aquí está.
Es una hoja de papel fotocopiada; él pasea la mirada rápidamente por el texto. “B… Carney Peralta, máxima representante de la pintura escamada contra los deportistas…”, lee en el primer párrafo. Un galimatías muy propio de ella, se dice.
-Si le interesa, puede venir el viernes próximo -la voz de la jovencita interrumpe sus pensamientos-. Habrá una presentación con cóctel y una proyección. La pintora vive aquí al lado.
-Sí, claro, muchas gracias.
Se guarda la hoja de papel, abre torpemente la gruesa puerta de vidrio y sale. Una vez en la calle, empieza a pensar: ¿no vivía ella entonces por aquí, en una calle que bien pudiera ser esta misma? ¿No fue en una casa de esta misma calle donde pasé algunas noches con ella, escuchando desde la cama discos de Schubert y de los Smiths?

*   *   *

El hombre de más de treinta años se ha sentado, apenas unas calles más allá de la galería, a tomar un gin-tonic fresquito en una terraza que da al tráfico. Se ha comprado cigarrillos sólo por el placer de abrir la cajetilla al sol de la mañana mientras paladea la bebida fría y ácida; y fuma contemplando el ir y venir de los coches y escuchando el ruido de los motores y de las suspensiones mezclado con suave música brasileña. Podría ser que pensase en la pintora del cuadro, o en la que fue antes; o tal vez sólo en algún suceso de la noche pasada, que se le marchó entre los vapores de la borrachera. Se pasa maniáticamente una mano, la derecha, por el poco pelo prematuramente gris y por las arrugas de la chaqueta y los pantalones, como queriendo reparar lo que ya difícilmente tiene arreglo. Pero, ¿qué hacer? ¿Cómo imperativocategorizarse para saber qué hacer ahora y qué es muss sein, si es que hay algo que hacer o se puede hacer algo? Tiene por toda referencia una hoja fotocopiada, un nombre y los absurdos y presumiblemente falsos apellidos de Carney Peralta, “máxima representante de la pintura escamada contra los deportistas”; y todo esto ha pasado hace mucho tiempo ya, y además la moza ha muerto. Pero la mañana es soleada, y el ruido del tráfico le devuelve una pulsación maquinal, un aliento de vida mecánica que sobrepuja a su propia y baqueteada vitalidad, a su lenta y fatigosa respiración de animal cansado. Sopesa la posibilidad de buscarla, de tratar de verla. ¿No ha dicho la jovencita de la galería que este mismo viernes…? E inmediatamente, con un escepticismo que cae como un telón de plomo, con una decepción casi física, tangible, se pregunta qué término de la ecuación ha cambiado en estos años durante los cuales no se han visto, y la respuesta, no sabe si aventurada, es ninguno. La imposibilidad no tiene por qué ser menos imposible ahora. Y además, mientras bebe sorbos cortos de su copa, piensa en los destrozos del tiempo, que se le antojan singularmente devastadores en lo que a él se refiere. Ya no es sólo la apariencia de un cuerpo del que escapa la juventud, sino el cansancio y la desilusión, y tus obras que fracasaron, los proyectos de tu vida que tan mal te salieron. Cómo le va a decir ahora que él, que fue tan suficiente, tan cínico y, suponía, tan brillante, se gana la vida haciendo, entre otras cosas, reseñas anónimas en la sección cultural de un periódico. Y, además, ¿la habrán respetado más los años a ella? Tiene miedo de averiguarlo, de descubrir de golpe, comprimidos en una imagen instantánea o en una frase impensada de saludo, las quiebras, los accidentes, las tristezas de una década. Y mira los coches que circulan en todas direcciones. Siempre le ha consolado -o quizás no sea ésa la palabra exacta- ver la actividad cotidiana de los demás, saber que la gente se levanta por las mañanas y desayuna y se desplaza de unos lugares a otros, que hay coches, radio, televisión, mercados, fábricas, y que todo cambia y todo sigue igual pase lo que pase; imagina que este sentimiento es un género nuevo de panteísmo.

También podría escribir una nota y dejársela en la galería, o mandársela a su antigua dirección, si es capaz de recordarla o de encontrarla apuntada en algún sitio. Pero lo cierto es que tampoco tiene nada en particular que decirle o que escribirle y, además, como es sabido, todas las cartas de amor, si hay amor, son ridículas. Y si no lo hay, piensa él, para qué la carta. La verdad es que ya no distingue la imposibilidad de su desgana, la rotación del planeta de su propio funcionamiento defectuoso. Escribir una líneas en una hoja de papel, ni eso somos ya capaces de hacer, se dice. En Rojo y negro, recuerda, la Sra. De Renal le entrega a Sorel un cofrecillo con sus joyas para que lo entierre en el bosque, por si son descubiertos “y lo pierden todo”; y eso no les parecía más que una pálida transacción al lado de los amores de Margarita de Valois, que pidió la cabeza de su amante ajusticiado para enterrarla. Pero ya no somos capaces ni de escribir una nota.

No sabe tampoco cómo tomar su presencia en el cuadro, si es que efectivamente él es uno de los dos hombres, figuras o fantasmas que allí aparecen. No sabe si interpretarla como un recuerdo, una indagación, un descuido o una mera frivolidad. Pero si él ha sido evocado o retratado –o, mejor, si se le ha evitado expresamente retratar- en un cuadro, piensa, tal vez pueda de manera semejante deslizar un retrato o un recuerdo en algún otro lugar; quizás en un texto. Quizás podría empezar esa novela que -como una ambición juvenil más que como una idea concreta o un proyecto razonable- hace años que quisiera componer; e introducir el personaje de una pintora que, cuando se pone nerviosa, tiene un tic encantador, probablemente impostado, en las comisuras de los labios. O relatar en un cuento de tono lloriqueante aquella separación ridícula, inevitable y dolorosa. O tal vez sólo, a la vuelta de unos años, dedicarle a la Sra. o Srta. Carney Peralta, dondequiera que esté, un libro muy bonito y muy interesante sobre la cosificación de la mismidad. Todas estas opciones son, lo sabe, poco realistas; y, aunque el realismo no sea su fuerte, sabe asimismo que el efecto de este encuentro casual se disipará en poco tiempo si no hace algo irreparable para impedirlo. Algo irreversible, se dice, y con la dosis justa de urgencia, de delirio y, quizás, de realismo. Por ejemplo, introducir en una de las reseñas que prepara para el suplemento -esos textos de apenas diez líneas, que se publican sin su firma- una frase que ella le repetía en tiempos, y atribuírsela estrepitosa, falazmente, a alguna escritora ilustre, o a algún político o general del siglo pasado, o algún poeta de pacotilla. Ella, claro es, no tendría por qué leer ese texto; ni tampoco por qué reconocer la falsedad de la atribución o que esa cita descabalada es una declaración tan apasionada y tan explícita como las circunstancias permiten. Pero, al fin y al cabo, tampoco tenía él por qué entrar precisamente en aquella galería y ver aquel cuadro; y habrá de confiar -¿qué otra cosa puede hacer?- en que el caótico orden del mundo perpetúe la cadena de coincidencias según el ya conocido sistema: of all the gin-joints in the world, she had to walk into mine…

Y así, cuando llegue a su casa -aunque tal vez se demore tomando un par de copas más y mirando el tráfago de coches-, recordará palabras que ella escribió hace ya tanto tiempo y tecleará sobre el borrador de la reseña que estaba preparando (acerca de cierto tomo de divulgación científica): “Se equivocaba Campoamor –o Clarice Lispector, o el general Prim- al estimar que esas fuerzas en las que delegaba toda capacidad de decisión, la inercia o el azar -no hablaremos ahora del despropósito-, son ciegas. La física última nos muestra que el azar es, de hecho, re-elaboración, intencionalidad y propósito, aunque las escalas nos confundan y no seamos siempre capaces de apreciarlo.” Entregará el texto en la redacción, o tal vez lo envíe por correo electrónico, y confiará en que se publique y en que nadie –aparte su destinataria- descubra la incorrección (aunque esto bien podría no importarle ya demasiado).

El hombre de más de treinta años no acudió al cóctel con presentación -¿o era una presentación con cóctel?-, por miedo, por sentido común, o por las dos cosas. O, a lo mejor, porque ya nadie reclama la cabeza de su amante muerto. Coló su cita intempestiva en el periódico del viernes, y otra en el del viernes siguiente, y otras más casi todos los viernes durante varios meses, y a ningún corrector, redactor, editor o censor se le ocurrió venir a enmendarle que doña Emilia Pardo Bazán o Emerson o Senaquerib de Asiria hubieran dicho tales cosas. Durante este tiempo, que pasó ideando y escribiendo los equívocos, y haciendo otras cosas que no vienen al caso y que tal vez le importaron menos, pasó en más de una ocasión por la puerta de la galería de arte, y nunca se atrevió a entrar, o nunca quiso hacerlo. A veces se paraba y oteaba por los ventanales, tratando de distinguir los cuadros expuestos; otras veces, sólo pasaba por delante sin siquiera volverse a mirar. Por fin, una tarde, en el camino de la redacción a su casa, que a menudo trazaba a través de aquellas calles recordadas, se detuvo ante la cristalera y pegó la cara para ver el interior sin reflejos. La jovencita de la otra vez le observó desde su butaca de metal y cuero negro, y le hizo al cabo señales de saludo o de extrañeza, pero él no le prestaba atención. Había creído distinguir entre los cuadros expuestos uno cuyo estilo y colorido… podría ser, se dijo, tendría que verlo más de cerca. De modo que fue hasta la puerta y entró, sin reparar tampoco entonces en la jovencita que lo seguía saludando o le formulaba alguna pregunta sin importancia. A medida que se acercaba a la pintura, le iban cabiendo menos dudas sobre la identidad de su autor, que debía de ser la ya conocida B… Carney Peralta y, por ende, la otra mujer de hacía diez años. Vio, quizás, las mismas tres figuras que en el Autorretrato tres -¿sería éste el Autorretrato cuatro, o el numeral se refería a la cantidad de personajes?-; pero la composición había cambiado, y se habían alterado las posiciones. Tendría que observarlo más detenidamente… y antes de llegar frente al cuadro se dio cuenta de que no detestaba verdaderamente a Kokoschka, de que sólo trataba, con una rebeldía innecesaria, de reclamar su derecho a detestarlo; y dudó si encender un cigarrillo.

Podemos suponer ya que el juego que ha empezado continuará durante años, como antes el juego del silencio -del que acaso este otro sea sólo una variante, o una corrupción, que él ha derivado injustificadamente; al fin y al cabo, como escribe Durrell, todo depende de nuestra manera de interpretar ese silencio.

Y un día el hombre se sentará en un banco, o cruzará el umbral de una puerta, o hará cola para comprar una entrada; y en cualquiera de esos lugares se encontrará con la pintora del cuadro y no la reconocerá, y ella no lo reconocerá a él, porque ya no serán capaces de reconocerse fuera del lenguaje particular que han inventado, o que imaginan haber inventado, por no perderse del todo y por tratar de remediar lo mal hecho que está el mejor de los mundos posibles.

febrero – marzo 2002

First we take Manhattan

Julio 21, 2007

…and then we’ll take Berlin.